Me gozo en repetir las palabras de la Escritura Divina: “Grande es nuestro Dios; la ciencia no puede comprenderle.” Y hago mía lo que dice el Rey David: <> (Salmos 145 y 146).
! ¡Dios! ! ¡Dios infinito en perfección! Dios es sobre toda ciencia, sobre todo conocimiento, sobre toda luz, sobre todo cuanto la inteligencia y la imaginación pueden pensar o sonar. Dios infinito e inmenso está en todas partes. La realidad de Dios perfectísimo y personal me acompaña y está en mi intimidad. El remordimiento de la conciencia cuando no cumplo con mi deber, aun cuando ningún hombre lo vea ni lo haya de saber, es la mirada de Dios, grabada en mi alma. Aun cuando vaga e imprecisamente, todos sentimos a Dios y a todos nos habla y llama Dios.
Me agrada cuando al orar puedo repetir con el Rey David: Con tu ley divina me hiciste superior en prudencia a mis enemigos, porque la tengo permanentemente ante mis ojos. He comprendido yo más que todos mis maestros, porque tus mandamientos son mi meditación continua. Alcancé más que los ancianos, porque he ido investigando tus preceptos… ¡Oh, cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Mas que la miel a mi boca. De tus mandamientos saqué gran caudal de ciencia… Antorcha para mis pies es tu palabra y luz para mis sendas.
Has sido Tú mismo, Dios mío, quien ha puesto en mi corazón este vago y luminoso conocimiento de Ti y esta inmensa y nobilísima aspiración hacia Ti. Guiado por esta luz, he venido a esconderme en Ti mismo, esmerándome en vivir con la mayor perfección la vida interior. Sólo Tú me has llamado a vivir tu misma vida dentro de mí mismo; solo Tú me enseñas y ayudas a dejarme transformar, negando mis apetitos, para hacerme una misma cosa Contigo.
Cuando Tú, Dios mío, me llamaste, nada de esto sabía. Sólo me daba cuenta que iba a ser un alma consagrada a Ti, un alma recogida en Ti y apartada del mundo. Después Tú me has ido enseñando las maravillas de la vida interior y los delicadísimos misterios de tus obras en lo íntimo de las almas que viven intensamente esa vida y su gozo es tratar Contigo, Dios llama al alma, y cuando el alma vive la fidelidad a esa llamada y está junto al Señor, el alborear de un nuevo sol ilumina sus ojos.
Dios llamó a los apóstoles y cuando quisieron ver dónde vivía les dijo: Venid y ved, y vieron que no tenía ni una cueva donde guarecerse. A pesar de no ver nada, le siguieron, y bien conocidas son las maravillas y portentos que Dios obró en ellos y por ellos.
Dios es el Maestro del alma. Algo aprende el alma. Algo aprende el alma en los libros de los hombres y en los que le dan. algo con los ejemplos de los santos que recibe. Pero la luz que los hombres pueden comunicarle es como tinieblas comparada con la luz que Dios pone por Sí mismo en alma cuando el trata tiene trato con El en la oración.